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lunes, 21 de septiembre de 2009

EL JUICIO FINAL

“Estaba allí en medio de la Sala, esperando el veredicto. En medio de una sala etérea, sin límites físicos, sin estrados ni decoración alguna. Aquel juez que una vez conocimos había dado paso a Alguien no humano, una especie de energía, oscura y luminosa al mismo tiempo, sin forma ni apariencia concreta. Una llama extraña e inquieta que se movía por encima de las cabezas de los allí presentes. A su alrededor, y entre ella, se podían ver a todo tipo de criaturas reales e imaginarias: los personajes principales de esta historia, los secundarios, los que nunca hablaron, los que callaron después de hablar y ocuparon un lugar en su transcurso. Estaban también los llamados dioses menores. Y figuras mitológicas que, hasta entonces, habían permanecido escondidas. También espíritus fantasmales, grises y extraños, sin cara, enfundados en hábitos grises y marrones. Y guerreros galácticos, de uniformes blancos y negros de charol, también sin rostro. Ellos eran los guardianes de las puertas y muros que no los tenía. De vez en cuando Caronte paseaba llevándose las manos a la cara para evitar que le reconocieran, aunque la niebla que portaba y el deslizar suave de su barca delataban su presencia. Todos se encontraban allí, intercalándose, apareciendo y desapareciendo a la vez. Todos en cuerpo y alma. Y en medio, debajo y sobre ellos, la figura diminuta de un pequeño fraile, apenas vestido y con restos de nieve en su hábito, que repetía: “Yo no la maté…yo no la maté...- murmuraba con el pensamiento -…yo la quise dar vida, explicar que siempre estuvo viva, que siempre lo estará. Porque venía de la noche de los tiempos, y con ellos acabará”. Frente a él, otro fraile, benedictino y ciego, le miraba sin ver, con un rictus de desagrado e ira, y le escupía a los pies. Mercurio, entonces, llamó a un ángel . Y éste, con su trompeta, anunció la llegada del Jurado. Gente desconocida, venida de todos los lugares del Universo y ajenos a cualquier coordenada lógica. Afrodita, mientras, tumbada en un diván, jugueteaba con un espejo y un caballero que pintaba su retrato. Marte discutía con Minerva no se que extraño planteamiento sobre una guerra perdida en la que Héctor, desafiante, le decía a Aquiles, “Venceréis pero el honor es nuestro”. El honor, extraña palabra humana que sólo significaba lágrimas colectivas.
Allí, en aquella Sala Infinita estaba Troya, y la batalla interestelar contra el Imperio, y la Carta Magna redactada por los monjes de Arbroath y su abad, Bernardo de Linton, en la que Escocia fijaba los derechos históricos de sus ciudadanos, por los que luchó y murió William Wallace, llamado por lo suyos Braveheart. Allí se encontraban todas las batallas libradas. Y los seres masacrados por las ideas y las esperanzas. Y estaba la Gloria . Y estaba el Horror.
Porque esa Sala era la Vida, inmensa, sin límites, luminosa y oscura. Y mientras los personajes contenidos en ella discutían sobre su Origen y su Final, una risa, infinita, poderosa, con ecos de Júpiter, de Dios, de Alá... retumbaba en su infinito espacio y decía: “Ella os absolverá y os condenará: Yo no existo.”