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sábado, 5 de septiembre de 2009
LA PARED, UNA PARED CUALQUIERA
Soy la pared del cuarto en que Santiago Solano concibió a Elvirita. La pared frente a la cual estaba la mirada de Santiago, la pared que, aún opaca, reflejaba la inexistencia de todos los personajes, la de ella misma, la de él mismo. Soy una pared vieja también, como todas las paredes que acostumbran a ocultar los sueños. Yo, mientras ellos viajaban por las páginas de lo que ha sido, será, su libro, vuestro libro, seguía estando aquí. Quieta, callada, firme, aunque resquebrajada, esperando el regreso. Y ella ha vuelto, ellos han vuelto. Porque Santiago salió a pedir ayuda, porque quiso compartir la esclavitud y la liberación, la oscuridad y la luz, la ausencia de aire y la brisa que parecía soplaba fuera. Yo soy también una pared muy vieja. Las paredes, dicen, no pensamos. Ni siquiera se nos concede la posibilidad de hablar. Pero no es así. Todo lo inanimado tiene vida, puesto que lo tiene lo pensado. Y quiero deciros algo: la pared no es más que una pequeña metáfora del gran muro. El muro sigue ahí. Es un muro inapelable. Aisla la mente del corazón, aisla la realidad de la irrealidad. Sólo con la fuerza infinita del lenguaje solidario, del esfuerzo común, se le puede derribar. Y con la comprensión, el entendimiento, e intentar dar más que recibir. Yo se lo que es la prisión, porque se lo que es la libertad. Estoy en medio. Parece que detengo, pero también puedo ser refugio. La soledad intrínseca del hombre es la sensación del abandono. El silencio es la respuesta más fácil. Es la huida. Elvirita, Elvira, dicen que sigue aquí, encerrada, ya anciana. Pero yo la siento volar.
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