Guarda ese pequeño lugar en tu corazón
donde limar el absurdo de los sucesos.
Presérvalo de la mirada del cerebro,
en el azar caliente de los sueños.
Deja su espacio como la habitación propia
donde se guarda el diario íntimo de los deseos.
No abras su puerta a extraños.
Allí duerme un niño que crece y se descrece.
Allí están los juguetes desbaratados y olvidados.
Y las hojas amarilleadas de una primera redacción.
Y allí, en la imaginaria consola de tu mente,
el archivo lleno de apuntes sobre lo imprevisible,
el cheque pagado por vivir,
el recibo por habitar la Tierra.
Guarda, guarda ese pequeño lugar en tu corazón
y no digas nunca que está amueblado
con el paso de la incertidumbre,
ni que esconde la ceniza, resto de la hoguera
de los sentimientos.
No les digas tampoco a los contadores de lo útil
que los cachivaches tienen historia,
que los retratos están vivos,
que los huecos tienen rastros de alma,
que tu casa es de arcilla y terciopelo
y con llaves de aire cierras sus secretos.