A determinadas personas les falta tiempo siempre... y a otras les sobra. No es cuestión del exterior, es cuestión de quién cada uno es. El exterior, las tareas, son siempre un marco de referencia imposible para quienes desean conocer, vivir, experimentar todo. Es evidente que no todos somos iguales y que, de vez en cuando, en la evolución aparecen seres diferentes que, a pesar de serlo, tienen que aceptar las limitaciones de la organización social. Y luego está una terrible contradicción en la lucha por escapar de la cotidianidad: todos necesitamos una casa con paredes, alimentos y - los que vivimos en esta parte del mundo - una ducha de agua caliente en invierno. No vale de mucho la no aceptación. Sé que la Naturaleza es terrible. Y por eso admiro las consecuciones del ser humano. A ciegas, autoengañándose, ha luchado y lucha por el progreso, la mejora de la vida, se ha enfrentado a la enfermedad y a la muerte e intenta alcanzar las estrellas. Solo tiene un límite individual: su propio cuerpo. Y esa frontera, tarde o temprano, no levanta la barrera del tránsito.
La vida te va diciendo lo que hacer cuando miras bien. No podemos vencer al tiempo. Solo convertir en memoria los instantes eternos. Y vivirlos. Esa es la máxima rebelión: la no aceptación de la condena. Y buscar la luz en la oscuridad. Y, luego, tener la suerte de que esa luz alguna vez nos alcance y disipe el dolor y la extrañeza. Darle calor a la dureza de la existencia con la fuerza del corazón y la claridad de la mente. Los recuerdos son peldaños de nuestras raíces personales. Y siempre han sido previamente sucesos. Esos están en nuestra mano, una vez que nadie depende de nosotros - o solo dependen un poquito - y eso es cuestión de crecimiento, lucidez y firmeza. Y no ser un idiota: no tirar lo que tenemos por buscar lo que no podemos resolver ni conseguir. No exigir lo que no se nos puede dar. Esos conceptos sociales, tan arraigados por la ignorancia, esos comportamientos llenos de tópicos y de estupidez que solo llevan a quedarse con la nada en las manos. En la nada navegamos, pero intentamos que haya pequeños espacios de pertenencia y de esperanza. Pequeños huecos que no invadan. Pero también murallas de consciencia y aire en libertad que impidan las invasiones ajenas. Todo empieza a perderse cuando creemos que tenemos derechos sobre los otros. Cuando exigimos. O cuando pedimos. Pedir nos lleva al abismo. Solo se puede dar aquello que, a la vez, es recepción. Y luego está la física y la química... pero eso es la base de la vida. La vida, cruel y maravillosa, a la vez o por separado en ocasiones, que necesita saber que las mareas se sujetan a los rayos de luna y que es suma solo cuando la adrenalina y la dopamina de A y B circulan y se producen en el mismo sentido. ¿Química también el cariño? También... pero hay que amar la química, la de cada uno, que, a veces, confluye con la de otro. Y entonces se puede caminar. Y volar. Quizás haya algo más desconocido en nuestras posibilidades y potencialidades... Eso, intuitivamente, nos lleva más allá y nos permite sentir que algunas cosas y momentos se eleven sobre el horizonte limitado de la Humanidad. Nada es lineal y plano. Seguramente, lo que llamamos intuición es una avanzadilla de algunas inteligencias que están un paso por delante de lo común. Lo que llamamos magia que envuelve lo desconocido. Y que algunos percibimos a pesar del frío de las peores estaciones y los avisos del miedo. Ese miedo que solo puede ser vencido por la luz que penetra la tierra, que atraviesa la roca y salta sobre el agua. Esa luz capaz de alumbrar más allá del horizonte, capaz de disolver las sombras que el muro que se levanta contra el deseo proyecta contra su propia realidad.